sábado, 12 de junio de 2010
BUSCA TU SUERTE
Había una vez un pobre hombre que nació pobre, creció pobre y era aún pobre cuando se casó.
Era tornero de oficio. Esto es, hacía mangos y anillos para los paraguas y sombrillas. Ponía un pedazo de madera en el torno y salía suave y redondito como él deseaba. Ustedes, de seguro, han visto en los paraguas muchos de los mangos que él hacía.
Pero el pobre hombre ganaba muy poco con este trabajo. Tenía lo absolutamente necesario para vivir de manos a boca, como dicen vulgarmente. ¡Pobre hombre!
-Nunca encontraré mi suerte. ¿Dónde estará mi buena estrella? -, se decía cuando pensaba en sus hijos y cavilaba en lo mucho que tenía que trabajar para vivir tan mal.
Y les advierto que ésta es una historia verídica. Podría decirse el país y el pueblo donde el hombre vivía. Pero eso no viene al caso.
Alrededor de la casa de este hombre florecían los serbales y sus moras agrias y rojas se maduraban como si fueran la mejor de las frutas; mas no eran buenas para comer.
En su jardín también crecía un peral, pero nunca había dado fruta. Ni una pera habían probado los niños. Sin embargo, en aquel árbol estaba su suerte.
Un día, mientras los niños jugaban en el jardín, vieron una pera muy pequeña y corrieron a dar la buena noticia a sus padres. Estos, al examinarla, hallaron que era una pera deforme, dura y seca.
Aquella noche hubo un fuerte temporal. El viento soplaba con furor. Se oía el silbido entre las ramas de los árboles. Las casas parecían temblar, las ramas de los árboles y hasta árboles enteros caían al suelo arrancados de raíz o hechos pedazos.
A la mañana siguiente daba pena ver las huertas y las calles cubiertas de hojas y ramas.
Los niños salieron al jardín para limpiarlo y allí entre las ramas estaba un gancho con la raquítica pera. Lo recogieron y lo llevaron al taller del padre. Este, en broma y para distraer a los niños, se puso a hacer peras de madera del tronco de la rama.
¡Y qué bonitas salían! Suaves y torneadas. Una grande, otra grande, otra mediana y otra más y muchas más pequeñas.
¡Cuánto se divirtieron los niños! El árbol estaba dando peras, por fin, aunque eran de madera. Los niños jugaban con ellas y las hacían dar vueltas como si fueran trompos.
Entonces vino la estación de las lluvias y, como es natural se necesitaban paraguas para salir a la calle. Esta familia de quien les estoy contando, tenía solamente un paraguas muy viejo.
Cuando el viento soplaba con fuerza el paraguas se volvía del revés.
Dos o tres veces se rompió, pero nuestro hombre siempre lo arreglaba sin demora, porque ése era su oficio. Pero, por bien que él lo arreglaba, cuando alguien trataba de cerrarlo, la tirilla y el botón, con que el paraguas se conservaba enrollado, se rompían.
Ya el padre no sabía de qué manera arreglarlo cuando un día el botón se rompió otra vez. Mientras lo buscaba por el piso, dio por casualidad, contra una de las peritas de madera que él había torneado para los niños y con las cuales todavía jugaban de cuando en cuando.
-"No puedo hallar el botón pero esto servirá lo mismo"-, dijo tomando la pera.
Hizo un agujero de extremo a extremo en el centro de la pera, pasó un cordón por el agujero y vio con sorpresa y alegría que el pedazo de palo en forma de pera desempeñaba a las mil maravillas las veces del botón. Además era más curioso y más bonito esta clase de botón.
Al año siguiente cuando el hombre envió mangos para paraguas a la ciudad, también mandó algunos de estos broches originales que él curiosamente había inventado de un pedazo de la rama de un peral, que el viento había derrumbado.
El no sabía el resultado que iba a tener; lo cierto es que al poco tiempo empezó a recibir pedidos de miles y más miles de las curiosas peras de madera.
En la fábrica de paraguas de la ciudad habían hecho algunos paraguas con broches de estas peras y los habían enviado a América. Las gentes habían notado que estas peritas eran el mejor cierre para los paraguas. Los comerciantes pidieron que todos los paraguas se fabricaran con tales broches.
Y nuestro hombre torneaba peras y más peras! El árbol entero se convirtió en peras. Todas las vendía y esto le trajo dinero, mucho dinero.
Poco a poco fue aumentando su negocio hasta que llegó a tener un gran taller con muchos trabajadores que le ayudaron. Ya no tenía que sufrir. Sus hijos y su esposa tenían todo lo que les hacía falta y él se sentía feliz. A menudo, muy a menudo, decía:
-"¡Aquel peral que parecía tan estéril fue mi salvación! ¡Allí está mi felicidad! La suerte puede hallarse hasta en un pedazo de palo".-
Y ahora les digo: ¿Dónde está vuestra suerte?
"Búscala y la encontrarás".-
sábado, 29 de mayo de 2010
"LA SEÑORA PLAGA"
A LO QUE HAY QUE TENERLE MUCHO MIEDO ES ...¡AL MIEDO!
domingo, 11 de abril de 2010
"PENSANDO EN TI"

Pensando en ti,
nuevamente esta noche,
Como no hacerlo
si rocías mis sentidos,
si salpicas mis rincones?
Pensando en ti,
digo te quiero al viento,
mientras una canción escucho
con letras que dicen lo que a veces siento
Pensando en ti
me pasa el tiempo si no puedo verte,
y enflaquece mi mundo
Si no puedo tenerte
Pensando en ti
se me va la vida,
se agota mi aliento
oh! mi corazón inquieto
Pensando en ti
grito tu nombre
y el eco me responde
que estas aquí, muy junto a mi
Es que te quiero tanto
que aun estando contigo
me paso la vida
pensando en ti
"TE PRESTO POR UN MOMENTO A TUS PADRES"

Te prestaré por un tiempo unos padres para que los ames mientras vivan. Podrán ser 10, 20, 30 años o más, hasta que los llame. Te pregunto: ¿Podrás cuidarlos? Quiero que aprendas a vivir con ellos, les he buscado unos hijos y te he elejido a ti. No te ofrezco que se quedarán contigo para siempre, sólo te los presto. Ellos te darán ternura y te darán alegría por tenerte . El día que los llame no llorarás ni me odiarás porque los regresé a Mí. Su ausencia corporal quedará compensada por el amor y por los muchos y agradables recuerdos. Ten presente que si algo te entristece, que si el golpe del dolor te hiere algún día, tu pena es mía y así, con todo esto, tu luto será mas llevadero y habrán de decir con gran humildad: ¡HAGASE, SEÑOR, TU VOLUNTAD!
"Y SE ATREVIERON A SER LIBRES"
libro de Richard Bach que se titulaba:
JUAN SALVADOR GAVIOTA.
Nos hablaba de una gaviota que se atrevió a
soñar. Le interesaba ser ella misma, vivir
intensamente, potenciar todos sus talentos
y posibilidades.
No aceptaba la vida monótona y siempre igual
de la bandada que sólo se atrevía a vuelos
rastreros, sin alma, detrás de los desperdicios
que arrojaban los barcos.
Ella sentía en su alma el llamado de las alturas,
la vocación de libertad. Por atreverse a proponer
una vida distinta, la aislaron, la dejaron sola,
la tacharon de loca, la desterraron.
Juan Salvador, la pequeña gaviota, aceptó la
soledad del aprender de nuevo, la soledad de
la búsqueda atrevida de mares nuevos, nuevos
cielos, nuevos horizontes. En lo profundo de
su corazón adolorido, sentía que sus alas
habían nacido para abrirse a la inmensidad
de lo desconocido.
Y se arriesgó. Tras muchos ensayos fallidos,
un día se encontró surcando los altos cielos,
azules, maravillosos, inmensos, con un halo
de eternidad. Y ese día entendió por qué y
para qué había nacido gaviota.
Palpó el vértigo de lo profundo, vivió la
originalidad, la iniciativa, la creatividad.
Experimentó las honduras de la perfección:
llegar hasta el final de lo emprendido,
llegar hasta la raíz, el manantial de su
propio ser.
Ya no se trataba tanto de buscar la libertad,
como de ser libre. Y se entregó apasionadamente
a ser ella misma, sin ataduras ni temores.
Pero Juan Salvador Gaviota seguía amando a
los suyos a pesar de que lo habían desterrado.
Y decidió volver a la bandada para enseñarles
que la vida podía ser algo mucho más interesante
que comer y disputarse los desperdicios de los
barcos.
Estaba seguro de que su empresa no iba a ser
nada fácil, que de nuevo lo aislarían,
lo ofenderían, pues no estaban dispuestos
a cambiar ni a escuchar tranquilamente
que alguien les hablara de la necesidad de cambio.
No importaba que no lo comprendieran:
con que una sola gaviota se atreviera a soñar
y emprender un nuevo vuelo, se justificaba
su aventura.
En el fondo de su corazón, Juan Salvador Gaviota
adivinaba que era imposible vivir intensamente
su libertad sin intentar liberar a otros,
que la plenitud implicaba el servicio.
Volvió sin prédicas ni alardes.
Sólo trataba de ser una auténtica gaviota
nacida para volar.
Poco a poco, algunas gaviotas jóvenes se
fueron acercando a presenciar su vuelo vigoroso.
Y le pidieron que les enseñara a volar.
No les importaba que la bandada los despreciara
y expulsara. Querían volar, experimentar otra vida,
atreverse a ser libres.
Y se atrevieron. A vivir y a volar.
A ser ellas mismas.
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Vivimos en un mundo que propone como plenitud el acumular y consumir. No hay espacio para vuelos de altura, para la aventura de soñar. Sólo cuenta el presente, la satisfacción egoísta y mezquina de las propias necesidades, la lucha despiadada por sobrevivir... Cayeron las utopías, la pretensión de una vida distinta, de un mundo mejor, de una sociedad de hermanos. Por eso, hoy más que nunca, necesitamos Hombres y Mujeres que propongan con pasión el abrirse a la plenitud de lo desconocido, que nos levanten de tanto vuelo rastrero, de tanta ilusión de plenitud en un mundo sin horizontes ni sueños, que rescaten y propongan con esperanzadora firmeza la vuelta a la utopía, el atreverse a construir un mundo donde sea posible la libertad y la aventura del servicio. "Todos podemos ser Maestros de vuelos de altura, sembradores de utopía, exploradores de nuevos cielos y mundos más humanos construidos más allá de los gritos y graznidos de la bandada; para que otros vean en nuestras vidas una invitación a trascender, a ir más allá de sí mismos. Una invitación al riesgo de volar." |


